ISBN 978-987-1541-96-6
11 x 17 cm, 84 páginas
1ra edición junio de 2017
colección poesía

$350,00

Carlos J. Aldazábal · Camerata carioca

Carlos J. Aldazábal (Salta, Argentina, 1974). Como poeta obtuvo, entre otros, el Premio Alhambra de Poesía Americana (Granada, España), y el Primer Premio del II Concurso “Identidad, de las huellas a la palabra”, organizado por Abuelas de Plaza de Mayo. Publicó los poemarios La soberbia del monje (1996), Por qué queremos ser Quevedo (1999), Nadie enduela su voz como plegaria (2003), El caserío (2007), Heredarás la tierra (2007), El banco está cerrado (2010), Piedra al pecho (2013) y Las visitas de siempre (2014). Su poesía ha sido traducida al inglés, al portugués, al árabe y al italiano, e incluida en diversas antologías, entre otras El canon abierto. Última poesía en español (2015), editada en España por Visor.

En este libro, Río de Janeiro pasa del extrañamiento al diálogo, hasta llegar a un contrapunto poético, a una Camerata, obra musical o caja de música, como destinada a ordenar “lo que siente el poeta” frente a la desmesura. Pero también en este libro, el explícito interlocutor es el lector, ese personaje desconocido y que sin embargo se vuelve íntimo, el que el poeta descubrió una tarde en una librería carioca de viejo, ese que había anotado al lado de un verso de Carlos Drummond de Andrade “É isto o que sente o poeta?”. De la frase de ese lector surge este poemario (que le está nominalmente dedicado), que es respuesta y reflexión, y que es siempre diálogo impregnado de una emoción abierta y contenida que nos interroga a todos.

Alfredo Fressia

Poesía de instantes e instantáneas, en Camerata carioca, del poeta argentino Carlos Aldazábal, la sombra se encuentra con la luz y la dualidad se hace íntima. Por un lado, en Río de Janeiro están el baile con fuego que el aire alegra, la bahía y el mar que maravillan la vista, y como paisaje central, el lúcido cuerpo de as garotas da cidade e do mundo en las calles y las playas de Leblon, Ipanema y Copacabana. Pero por otro lado hay también versos o poemas que dejan un sabor acre en la boca en los que el poeta nos dibuja su soledad sombría, el “tanto para nada” donde creía que había algo, los callados avisos de la muerte, y en momentos, la triste certidumbre de la derrota. “No hay lección. No hay camino./ Sólo la sal que quema las heridas”. Ligera como el pájaro, con encanto, la poesía de Carlos Aldazábal se va en el aire y la toca el sol.

Marco Antonio Campos

Leer la camerata de Aldazábal es como oír la suite que han compuesto en los 70 João Bosco y Aldir Blanc, Os Arcos – Paixão e Morte. El poeta nos remite a un éxtasis religioso donde sangre, sexo y hambre, dialogan con el ritmo frenético, el sonido de una lúgubre campana de iglesia, o con una veleta que cambia su dirección por el viento, como el humor puede cambiar tras varios días de inmersión en el gran ritual del carnaval brasileño.

Manoel Herzog

 

[ un poema ]

Aviso

Se busca traductora
capaz de descifrar esta “saudade”,
este castor sin dientes ni madera,
este cóndor nocturno y desvelado
que presume de buitre sobre un hueso.

No se admite “nostalgia”,
tampoco “la remota posesión del recuerdo”
o “el perfume gastado de la melancolía”.
No es posible “que extrañe”,
“que taladre”, “que asfixie”,
“que pretenda morirse de abandono”.
No se admiten metáforas de barcos
ni faroles tapados por la bruma de un puerto.

Se busca traductora de “saudade”
capaz de prescindir de la tristeza,
que sepa portugués,
que diga en castellano un sol de enero
bailando entre la espuma de Ipanema.